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El tablón de corcho

Publicado en vida con etiquetas , el 3 Diciembre 2009 por vantysch

Tenía su vida muda tintes de película en blanco y negro, saturada en matices de nostalgia y salpicada de momentos tragicómicos. Rodeaba su mesa de trabajo, con su tablón de corcho y su ventana al patio de luces incluídos, un aura de armario cerrado que tiraba de espaldas, pero aún así sabía colgar con dignidad el abrigo de la percha y la sonrisa en su semblante.

Eternizaba los momentos en la oficina huyendo de una vida de buen ciudadano que le reportaba periódicos dominicales y algún saludo matinal (suplementos inútiles los primeros y cortesía vaga los segundos). En el trabajo tenía mujer y un hijo al que llamaba Borja y unas vacaciones en la nieve, cumpleaños clavado en una chincheta. Se perfumaba correctamente y nadie podía reprocharle un mal gesto ni una palabra más alta que la otra.

Fuera de la oficina el abrigo barato con etiqueta camuflada y el portafolios reparado en mil ocasiones apenas lo protegían de las ráfagas de viento que por momentos tumbaban sus parapetos de vida normalizada y aceptada. Se desvivía por mantener la cara sonriente de la foto del corcho, pero lejos de sus cuatro paredes adornadas con balances y calendarios, poco sentido tenía nada de lo que hacía.

Cuando entró a trabajar era un chico que rondaba la treintena con más dignidad de la que se espera. Casado y amigo de sus amigos, emprendió la escalada frustrada de lamer allí donde hiciera falta, de agachar cabezas y de articular sonrisas que le dejaban agujetas. En defensa del escaso nombre que pudo hacerse más allá de su despacho, se dejó caer por el tobogán de las mentiras acerca de su presente, adornándolo con trazos aislados de su pasado y tapando al mismo tiempo las puertas atascadas de su futuro.

Por eso cuando encontraron la última nota que escribió y que no dejó en su tablón todo fueron sorpresas y caras atónitas. Porque nadie podía comprender cómo una vida tan bien construída y apacible acabara con tintes tan escabrosos y de página de sucesos. Quizás porque nadie entendía que su vida se limitaba a unas fotos en un corcho en la pared, a un abrigo nuevo prestado y a un portafolios con recortes de periódico. Porque nadie quizás entendería jamás  que hay cosas que se tuercen definitivamente mientras tratamos de mostrar una linea recta -ascendente- cara a los ojos ajenos. Porque fuera de esos ojos ajenos los únicos que nos encontramos cada mañana en el espejo, crueles e implacables, son los nuestros.