Lo que no supe llenar con mi presencia

Te pierdes en cartas que escribes con la mano firme y palabras dubitativas que no te atreves a enviar. Escribes notas de suicidio que más tarde rompes y que llenan tu papelera de intentos cobardes de despedirte de aquellos que ahora sientes más lejos que nunca. Te atreves a pensar que una sola de tus frases permanecerá cuando te vayas, haciendo de tu eco una melodía de certezas para los que realmente quisieron escucharte.

Pero tú ya te encuentras lejos del borde de tu propio pozo, a oscuras en la quietud y el silencio más agorero. Promesas de mejores días que se vinieron abajo nada más ser construidas. Propósitos que se ahogaron en los lodos del camino, pisados una y otra vez por la autoridad excesiva de aquel al que quisiste, al que le entregaste lo que ni siquiera reservabas para ti.

Te ahogas en tu propio sollozo y ya no tienes fuerzas para continuar, te flaquea la muñeca y ni tan sólo un trazo adorna tu siguiente nota de despedida, que nunca hasta ahora fue la definitiva. El frasco con secobarbital sobre el escritorio, al lado del tintero, el que ha tratado de ayudarte en tus infinitas noches de insomnio y en tus interminables días en los que no alcanzabas a ver más allá de tus manos temblorosas.

Cierras los ojos y tratas de respirar hondo, pero tu pecho se convulsiona en el recuerdo de la última vez que has llorado y que es el preludio de un nuevo estallido de tristeza en tu interior. Pero esta vez será realmente la última, no como en el 44 y el 46. Esta vez realmente tienes la certeza de que jamás tus párpados reposarán tranquilos sin la sombra de la desolación. Decides escribir un escueto: trataré de solucionar con mi ausencia lo que no supe llenar con mi presencia. Coges el frasco y lo abres, el vaso de agua a tu lado, cristalino y sereno, como tú paradójicamente en estos momentos finales. Introduces con cuidado la droga en tu cuerpo, acariciando tus labios de actriz y vas notando a cada trago la laxitud de tus miembros, de tus ojos y finalmente de tu consciencia.

A la mañana siguiente alguien llamará a la puerta del hotel y descubrirá alarmado que no respondes a los golpes en la puerta ni a las llamadas al teléfono, que dejaste descolgado en un último intento frustrado de decirle que le quisiste hasta que de tu pecho se escapó la última gota de vida que desperdiciaste en aparentar en una pantalla lo que jamás pudiste ser en la vida real.

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