Con estos ojos

Publicado en historias con etiquetas el 27 Enero 2010 por vantysch

He subido como cada día al tren y, sumido en mi importancia y ajeno a todo, he buscado un sitio y me he sentado junto a la puerta. He sacado el libro que estoy leyendo y me he enfrascado en la tarea de alternar la lectura con la observación de todo aquel que se situara en mi campo visual. Cuestión de simple curiosidad.

El tren ha arrancado como cada día y ha iniciado la marcha. De vez en cuando miraba por la ventana y veía pasar los edificios, despacio en un primer momento y más rápido después. He hecho caso omiso de lo general y me he centrado en los detalles de lo que pasa por el cristal y que en días anteriores se me ha podido escapar. Era mi viaje cotidiano y aburrido, la media hora más larga del día.

A mi derecha, sentado ya cuando yo he entrado, un chico con una mochila pequeña donde he visto que guardaba una cámara de fotos Canon. Frente a mí un par de chicos a los que he etiquetado inconscientemente cuando han subido en la terminal. Uno de ellos es ciego y otro le acompaña. Son de aspecto humilde y por la conversación que a ráfagas sigo, más por la proximidad que por curiosidad, intuyo que les preocupan cosas no tan lejanas a las mías.

En un momento del trayecto, un instante mágico, el chico ciego intentaba hacer memoria sobre qué país ganó el Mundial de España, allá por el 82 (recuerdo perfectamente algunas imágenes que han venido a mi memoria). El otro chico, el que le guiaba, no recordaba bien si era Alemania o Italia. Italia, ha dicho entonces el fotógrafo. Lo recuerdo, por la alegría con la que lo celebraban los jugadores. Con esa frase me ha sacado definitivamente de la lectura y me ha hecho guardar el libro y, ahora sí, curiosear con lo que pasaba en el vagón.

Entonces el chico ciego y el fotógrafo se han puesto a hablar de fútbol y yo, que también me confieso aficionado a este deporte, no he podido evitar intervenir y aportar mi granito de arena. Realmente estaba deseando formar parte de la conversación y participar de esa isla de cercanía que se ha formado en esa parte del tren esta tarde, ajena a la pasividad del resto de viajeros.

Así me he enterado de que el chico ciego, el de aspecto humilde, es jugador de la selección española de fútbol sala para ciegos. Me he enterado de que ha jugado un Mundial y de que ahora se juega otro. He sabido que jamás ha podido ver un campo de fútbol ni una Eurocopa, pero que desde que tiene uso de razón está viviendo el fútbol. Que el balón de fútbol sala lleva dentro unos cascabeles y que el portero reserva se pone detrás del portero del equipo contrario y que no puede tener ninguna minusvalía, porque es el que guía a los demás compañeros.

En un deporte en el que tiene que ganar la solidaridad y la cooperación y vista la lección que un chico ciego me ha dado esta tarde en el mismo tren que cojo con desidia cada uno de los días de la semana, no hay cabida para las portadas en revistas de moda, ni los paparazzi, ni todo un espacio de un telediario, ni tan sólo una hora a la semana. A un deporte que nos debería enseñar la forma de comportarnos con los demás apenas regalamos una conversación entre dos paradas de tren, mientras que a uno que reparte ostentación y maravillas vacías le concedemos el beneficio del dinero y la atención.

Yo nací con la visión de uno de mis ojos reducida casi hasta la ceguera. Desde que tengo uso de razón me he estado lamentando por ver la mitad que el resto de la gente, por tener limitaciones en mi campo visual, porque uno de mis ojos se desviara según hacia donde mirara. Y hoy, en el sitio que menos lo esperaba, me han regalado la forma más auténtica de vivir cada cosa que vemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Porque entre la primera luz del día y la última de la noche hay cosas de las que somos testigos apenas con las yemas de los dedos, mientras otros morirían por tan sólo unos instantes de luz en sus ojos. Porque se puede amar algo que jamás se podrá ver con los ojos y porque yo, que siempre me he quejado de tener la mitad que el resto de la gente, tengo el doble que otros a los que apenas concedemos unos minutos de nuestra atención.

Por la selección española de fútbol sala para ciegos y para todas las personas del mundo que tienen algún tipo de minusvalía

En un charco

Publicado en historias el 24 Enero 2010 por vantysch

Miraba absorto su imagen en un charco de la calle. Había llovido todo el domingo y con los tímidos momentos de sol de la pasada jornada había construído un recuerdo que guardar en su cuaderno. En el agua fugaz del charco escribía las imágenes que había ido recogiendo a lo largo de las tres últimas jornadas para acabar acariciando un libro que se mojaba irremediablemente entre sus manos.

La tinta reciente dejaba lágrimas en las páginas que tenía abiertas y entonces se daba cuenta de que estaba hecha de la misma sustancia con la que se escriben los sueños. Las letras, las palabras, las frases, los párrafos… la historia crecía en su interior y necesitaba vertirla fuera, hacerla real. El mundo de los personajes, refugio contra las personas, le ofrecía la posibilidad de juguetear con las musas y de crecer hasta rozar lo más alto de las montañas.

Ahora se sentía pequeño y miraba los círculos concéntricos que dibujaban las gotas de lluvia sobre su charco-espejo. Veía su rostro y al instante siguiente este se deformaba pero siempre, entre cada uno de los golpes serenos de agua sobre el suelo, sus ojos le miraban con el optimismo reflejado en las pupilas. Y así, con la ropa empapada y el alma cálida, se giró y se dirigió a su casa. Mañana se refugiaría al sol de la calle de detrás, hoy era tiempo de espera y de toallas limpias.

Bruma y dudas

Publicado en historias el 20 Enero 2010 por vantysch

La ciudad tenía ese día el delicioso encanto de las cosas que se insinúan. La niebla, que había descendido desde primeras horas de la mañana, lo acariciaba todo con su manto lechoso y las horas de los relojes tan sólo se intuían en lo alto de los edificios. Eco lejano como si de repente los tejados de las casas se hubieran elevado a muchos kilómetros sobre el suelo.

Las incertidumbres del viaje habían dado paso a las certezas de entre semana y paseaba a su perro distraída entre la gente, observando sus rostros con la tranquilidad del espectador que ya ha visto varias veces la obra. Dentro del caos en el que habitualmente se convertía su vida, regresar a las calles de su ciudad la envolvía en el abrigo de las cosas conocidas. Así, marcharse siempre tenía un sabor más dulce y el regreso hacía las cosas diarias más amigables.

Hoy permanecía suspendida sobre todas las cosas la bruma matinal y el deshielo de las dudas resueltas. Había tomado decisiones. En ocasiones, hacerlo le costaba el más profundo de los desgarros mientras que otras le concedía una paz interior que se volcaba en los ojos con los que veía el mundo. Vagaba entre los periodos de actividad frenética y los momentos de quietud al lado de las personas, de los edificios, de las cosas más vulgares.

Pero lo vulgar tiene el encanto de lo infantil, de lo hecho a medias, y a ella le encantaba subirse el cuello del abrigo y mezclarse entre la niebla del día a día que, en definitiva, nos envuelve a todos.Y es que no ve más allá quien más visión tiene, sino quien más distancia recorre hasta encontrarse con los lugares y ella, bien lo sabían estos edificios que ahora la rodeaban, había recorrido varias veces diferentes caminos.

Se caló el gorro y se colocó la bufanda como a ella le gustaba y le indicó a su perro con un leve gesto de la correa que regresaban a casa. Este, dócil y cada vez más lento por el peso de los años, la miró con aire bucólico y la siguió. Un día, ella se marcharía y recorrería muchos de los caminos que aún le quedaban por explorar pero hoy, niebla y calles atestadas de cosas cotidianas, disfrutaría de un día cualquiera donde siempre. Y al que creía buscar seguiría esperando en algún lugar entre la bruma, rodeado de certezas y de dudas.